Estuve dos semanas en Senegal. Dos semanas de aventuras, de gente diferente, de sitios nuevos y de nuevas costumbres a mis ojos europeos. No he visto ni leones, ni jirafas! Pero he visto otras cosas espectaculares, que aún hoy me hacen soñar despierto…

De todo lo que he visto, lo que recuerdo con mucho cariño fue una situación muy sencilla, pero que me pone una sonrisa en la boca, siempre que me acuerdo de ella.

Estábamos en Mar Lodj, una isla en Sine Saloum, lejos del mundo, lejos de todo! Nos quedamos unas noches en un hostal cerca del pueblo más grande de la isla y experimentamos el aislamiento de la electricidad y otras comodidades urbanas.

Una mañana de sol, salimos del pueblo, hacia a la nada. Fuimos por entre los árboles, cerca de las torres de termiteros, debajo de la sombra de las palmeras.

Todo era llano. Seco. Caliente. Silencioso. Majestuosamente silencioso. Y el sol… el sol de diciembre que nos quemaba los ojos.

Caminamos sin destino o dirección. Caminábamos solo porque sí, porque merecía la pena conocer más allá del manglar, del pueblo y de la sombra de las cabañas.narcisoo

Cansados, nos sentamos bajo la sombra de un baobab, jugando con dos perros que nos habían seguido desde Mar Lodj. Pero, el calor y la hora recordaron a nuestros estómagos que había que comer. Juana se quedó con los perros. Javi y yo fuimos hacia un supuesto pueblo chiquitito cercano, para comprar algo de comer.

Al final de unos minutos, tras pasar cerca de un altar animista, en medio de los arbustos, encontramos un corrillo de casas sencillas. Javi siguió adelante y me pidió que volviera atrás, que Juana se encontraba sola.

Mientras volvía, contento de estar allí, una familia disfrutaba su almuerzo debajo de un árbol, delante de su casa. Sonrieron. Me llamaron.

“Ven, ven! Come con nosotros!”

Les agradecí y negué su simpática oferta. Cuando volví a mi camino, salió una pequeñita que no tendría más que cuatro años. Feliz, vino corriendo hacia la puerta, gritando contenta: “Toubab, toubab!”

Podría ser una de las pocas veces que había visto un blanco. No sé… Pero fue tan genuino su gritito de niña… Y luego me saltó en los brazos, feliz, tocándome la cara, la piel, el pelo. Curiosa, con sus ojos gigantes, blancos de contraste negro. Sonría, sonría. Un blanco! Por dios! Un blanco! Que alegría, que alegría!

Tras abrazos muy gordos y muchas sonrisas, la dejé. Salió corriendo hacia sus padres, gritando “toubab, toubab”. Qué feliz que estaba ella. Qué feliz estaba yo.

Con una sonrisa en los labios, fui a por Juana y los perros…

 

Autor del post y de las fotos: Narciso Antunes

Escribe tu comentario:

mm
Escrito por Juana Alonso Alviz
Asturiana, saltarina y devoradora de mangos. Viviendo en Senegal desde 2011, he desarrollado una peligrosa adicción a las telas WAX y una terrible añoranza por la tortilla de mi madre. ¡Mamá, te quiero!